Guadalajara y Ciudad de México 2026 — Un viaje de descubrimiento entre mar, calle y vino emergente

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Un viaje de descubrimiento entre mar, calle y vino emergente

El viaje empezó incluso antes de llegar a México.

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En el aeropuerto, una cerveza La Rana Dorada natural de Panamá marcó el primer gesto del recorrido. Fresca, liviana, equilibrada, con personalidad local. No era compleja, pero sí honesta. El tipo de comienzo que prepara el ánimo sin imponer expectativas. En ese momento entendí que este viaje no iba a ser sobre demostraciones, sino sobre descubrimientos.

Guadalajara — El Pacífico servido con precisión

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En la zona de Andares, en Guadalajara, Campomar fue el primer gran escenario. Rodeado de colegas, mariscos del Pacífico en la mesa y un servicio impecable, apareció en la copa un clásico de Baja California: Chateau Domecq.

Un vino característico del Valle de Guadalupe, estructurado dentro del perfil que la región ha sabido construir: madurez de fruta, amplitud, presencia. Fue un compañero natural de los frutos del mar, mostrando que México contemporáneo no es solo tradición, sino también profesionalismo y sofisticación.

Ahí empezó el primer descubrimiento: el México gastronómico actual tiene confianza. No necesita exagerar. Ejecuta.

Ciudad de México — La calle como maestra

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Ya en la Colonia Nápoles, el pulso cambió.

Cosmopolita, diversa, colorida. Y en la calle, tacos. Sirloin, picanha, y un mix de salsas que no dejaban espacio para la tibieza. Todas picantes. Sin concesiones.

El acompañamiento fue un clásico absoluto: Clamato con cerveza Carta Blanca, la caguamita servida con jugo de tomate y almeja, sal y frescura. Una especie de michelada evolucionada, pero más cóctel que cerveza.

Un show del norte de México en la boca.

Ahí el descubrimiento fue otro: la identidad mexicana no se explica. Se siente. Es directa, intensa, sin medias tintas. Y en esa intensidad hay coherencia cultural.

El momento inevitable: comparar

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En el hotel me permití un ejercicio técnico.

En una copa, El Coto Crianza 2021, Rioja.
En la otra, Analogia Malbec Cabernet Sauvignon, Querétaro.

No sorprendí a nadie al concluir que el Rioja mostró mayor complejidad y estructura. Más capas, más tensión, más integración.

Pero sería injusto detenerse ahí.

El vino mexicano mostró carácter. Con apenas una décima más de acidez, algunos de estos proyectos pueden aspirar a un nivel verdaderamente internacional. La materia prima está. La intención también.

México no está copiando. Está buscando su equilibrio.

Valle de Parras — Historia y promesa

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Las conversaciones con René y Thalya, en Bacareto, a metros de la imponente Plaza de Toros y del estadio donde juega Cruz Azul, ampliaron el mapa.

El Valle de Parras impacta por su historia —una de las regiones vitivinícolas más antiguas del Nuevo Mundo— y por su potencial. El Malbec, sorprendentemente cercano al argentino pero más fragante. El Caladoc, con un dulzor natural equilibrado y una expresión de fruta intensa, casi 110% frutal.

La altitud aporta amplitud térmica. El carácter está. Quizás el suelo aún no entregue esa décima de acidez que termina de afinar el cuerpo perfecto. Pero la promesa es real.

Maridamos con empanadas de carne y queso, y la conversación giró en torno a algo más profundo: México tiene identidad vitivinícola en construcción. Y eso es emocionante.


Última noche — Simple, plano, eficaz

La última cena fue en Fonda Argentina.

Después de tantos matices, elegí algo directo: un bife de lomo magro, cocción precisa, sin exceso de grasa. En la copa, un Merlot Dark Horse de Napa Valley, de la familia Gallo.

No era un vino complejo ni desafiante. No buscaba profundidad ni capas interminables.

Fue simple, plano, pero eficaz.

El sabor suave del lomo y la redondez del Merlot encontraron un equilibrio honesto. Sin pretensiones. Sin necesidad de impresionar.

Y entendí algo en ese momento.

El descubrimiento no siempre está en la sofisticación extrema ni en la comparación técnica. A veces está en reconocer cómo distintos territorios —Pacífico, altiplano mexicano, Rioja, Napa— pueden convivir en una misma mesa.

México no fue solo picante, ni solo promesa, ni solo tradición.

Fue un cruce de territorios.

Y brindé por eso.

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